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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
Poesía

Rojo de acordeón

En mi salón no era el único enamorado de alguna de las profesoras del plantel, pero probablemente sí era el que con menos disimulo la reparaba, la seguía a donde quiera que ella iba, hasta que una tarde me regañó por hacer desorden, pero en realidad buscaba decirme:

—No quiero que me siga mirando así.

Ya había sentido otras veces la desolación que produce la tristeza, que hace penar a la memoria, y la ansiedad, que hace sufrir a la esperanza, pero fue la primera vez que la viví, además, fundida en mi mente al desamparo que produce una melodía que, con toda seguridad, también debe tocar la muerte: la del canto Alicia adorada, en la versión de un anciano que la tocó en San Juan del Cesar con un acordeón de dos hileras, cuyo fuelle rojo se movía como un corazón herido y muy cansado que deseaba detenerse cuanto antes.

¡La inspiración que volvió al niño, poeta!

Detrás de una de las columnas del patio del Colegio El Carmelo me recliné como una criatura malherida en la selva que sabía que tenía que esperar un poco, antes de incorporarse y volver a caminar. Pero entonces oí en mi cabeza sonidos apenados que se veían de un color rojo igual de triste. Eso me consoló al comprender una de las respuestas a mi pregunta: ¿Por qué no podía escribir algo que me pareciera bello como lo que hacía mi padre o los grandes poetas de San Juan? El asunto eran las imágenes:

Esta pena amarga
duele en el corazón;
se ha metido en el alma
con rojo de acordeón

Aquel momento sigue siendo la ventana a donde me devuelvo para escribir y por donde se cuela el río vivo que emite sus sonidos de sierpe de cristal o el inmenso vidrio azul que atrapa por completo las lluvias en lo alto o la luna muerta de la risa escondida en los tanques de agua del patio de mi casa, la comprensión a lo incomprensible, en fin, el retumbo final del inacabable silencio en el papel que no me dejaba ver ni verlo, ni oír ni oírlo, pero asfixiaba.

La poesía es un reflejo de la humanidad

Toda canción, como todo poema, es tardía. Ese poema breve, Rojo de acordeón, fue la copla con que rematé en pocos días mi primer vallenato para decir lo que quería en todo el año a una mujer: Te quiero de verdad. ¿A una mujer mayor para mí? ¿Y por qué no? Un lugar común, incluso entre instruidos, aconseja abstenerse de hacer juicios morales, pero, ¿cómo no enjuiciar aquello que inventa, sin detenerse, esa parte de la humanidad que quiere decirnos cuál es la forma de andar este camino tan personal que es la vida, que sólo constata el yo único e irrepetible de cada cual?

La poesía es un asunto de humanos, es invención humana para humanos que les duele algo. Ese desengaño de 1977 por una mujer mayor se fue rolando en la brisa al volverse sonidos de color rojo apesadumbrado, pero que siempre regresan afectuosos a visitarme.

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