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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
Crónicas

MIRADAS INFANTILES

Raisa Urbina
Raisa Urbina, hija de Hernán Urbina Joiro.

Hernán Urbina Joiro
Cartagena de Indias, 16 de marzo de 2001. 

Me tomo la vida muy en serio y esa vieja aptitud demanda mucha energía, de suerte que el final de la semana a veces llega como si pesara muchos kilos. Y así ocurrió el viernes pasado. Llegué al apartamento muy cansado y me fatigó, aún más, no poder responder a todos los juegos de mi hija de siete meses, a quien debiera llamarle Alegría en lugar de Raisa, su nombre de bautizo. Lo único que le interesa es reír. Ríe porque la televisión por cable que contraté me tiene fregado sin los partidos de Colombia; goza porque me requieren desde Bogotá —donde ya no vivo— por multas de transito que pagué hace años; carcajea porque me están saliendo canas en el bigote, etcétera. Es más feliz que yo porque mira las cosas de un modo distinto, pensé en aquél momento, y así fue como lo pude entender. ¡Cómo no fui capaz de percibirlo antes! Era la clave de la tranquilidad: verlo todo con ojos de niño.

Me puse a estudiarla. Evidentemente ella sólo mira lo que le divierte. Hice varios intentos por copiar su estilo y funcionó. No me expliqué cómo pude vivir antes sin esa mirada, soportando tanto desdén, tanta injusticia y tanta arbitrariedad. ¡Ya no había artículos de prensa para enviar en breve! ¡Ni llamadas urgentes que contestar! ¡Ni cuentas de arriendo, servicios, tarjetas de crédito o suscripciones! ¡Cuánta dicha!

Había sujetado con propiedad el sosiego. Pero entonces entré en pánico. Se me vino a la mente que podría tratarse de un fenómeno aislado y con efectos sólo dentro de mi apartamento. Entonces salí a la calle para probarlo y fue increíble. Los antiquísimos trabajos del alcantarillado de Cartagena habían desaparecido y en su lugar estaban las grandes excavaciones arqueológicas que prometen sacar a la luz, de forma definitiva, los secretos del origen de la vida. El atávico trancón de autos en la entrada a Bocagrande no existía. Sólo había una hermosa hilera de grandes peces anfibios, en colores diversos, esperando para tomar un baño de luna. No se sentía el olor a calostro de la marea roja y más bien se podía percibir el genuino perfume de las sirenas y las nereidas, sin duda, a no más de una milla náutica de la playa. No había niños indigentes de la calle San Martín y las aceras estaban ocupadas por jóvenes aspirantes al papel de San Juan Evangelista, a quien un rey le dio como limosna su anillo de oro.

De regreso al apartamento oí una alharaca de gaviotas, que en otra época hubiera jurado que eran los gritos de mi mujer por haber dejado los libros regados o el computador prendido con los parlantes a todo volumen. Pero no. No podía ser ella. Todo estaba en orden y en paz. Como debía ser. Hasta que empezaron los noticieros de las siete de la noche. Empezó a molestarme una opresión en el pecho. Cambié una y otra vez de canal y aumentaba la desazón. Lo descubrí en cada noticiario. Indignado —y a mi pesar— me arranqué la recién adquirida mirada y la arrojé al cesto del baño: supe por las imágenes que es la misma mirada que utiliza nuestro Ministro de Hacienda.

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