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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
Escritos con Humanidad

México

Recordar México llena mi pensamiento con aroma dulzón de chocolate amargo que arde delicioso en la mente por el chile del mole poblano, de guirnaldas multicolores en Coyoacán que espantan toda tristeza hasta hacer convivir difuntos con vivos, pero siempre domina mi imaginación la época en que conocí la obra de Octavio Paz, mi tiempo más triste pero más feliz, cuando viví el peor accidente de la vida e incapacitado en una cama conocí tres de sus libros que cambiaron para siempre mi manera de mirar y hacer literatura.

Mi llegada a México DF

Viajé en febrero de 1994 y después que el piloto de Aeroméxico anunció que aterrizaríamos en el aeropuerto Benito Juárez pasaron tantos minutos, tantas casas y tantas avenidas que llegué a pensar que el avión no podía bajar de donde estaba trepado. La señora que iba al lado notó mi angustia y lo resolvió:

—Estamos cruzando el Valle de México para llegar al aeropuerto. Siempre se tarda.

Me dijo que medía en total más de 9.000 kilómetros y que la ciudad tenía poco más de la mitad de todos los habitantes de Colombia. Cruzábamos el Valle de Anáhuac, que significa: Rodeado de agua.

Mi faceta como investigador

En el Instituto Nacional Salvador Zubirán me entregué a lo mío. A las felicitaciones de los viernes en esos meses, se agregó mi inclusión en diferentes investigaciones científicas originales. Venía de ganar en Colombia dos premios nacionales de medicina por investigaciones y la amistad que hasta hoy perdura con Julio Granados, Arnoldo Kraus y Mario Cardiel me llevaría con los meses a ser el único residente de primer año que clasificaba con un trabajo propio al Congreso del Colegio Americano de Reumatología en San Francisco.  Pero el viernes 13 de mayo de 1994 cambiarían las cosas.

Los  detalles de un accidente

Vivía sólo. Ese viernes llegué alegre a mi apartamento aunque cansado. Después de colocarme una pantaloneta y una playera, me quedé intentando hacer salir de su posición de atrás a la puerta giratoria de la cocina, cuya rotación hacia adentro obstaculizaba la nevera y no daba espacio para ingresar. Introducía uno o dos dedos por el pequeño espacio de la puerta apenas entreabierta para halarla. Hasta ese día siempre pude abrirla de esa forma y entrar a la cocina.

—A esto hay que ponerle una manija —me dije antes de hacer un nuevo intento con la mano derecha.

En ese envión con más fuerza no alcancé a sacar la punta del tercer dedo que salió estrujado entre la puerta y el marco. Más que el dolor por el estallido de la uña, me alarmé por el hilo largo de sangre que manaba de una de las arteriolas rotas en la punta del dedo. Me quité la camiseta e hice un torniquete a la altura del dorso de la mano y salí corriendo sin camisa, a pie descalzo, para avisar a una amiga que vivía a una cuadra. En el Instituto Salvador Zubirán, donde llegué casi inconsciente por el sangrado, realizaron conmigo el primer trasplante de un lecho ungueal, con todo el paquete vasculonervioso, del dedo pulgar de un pie a la mano, en diez horas de cirugía.

Fue allí cuando conocí al maestro, Octavio Paz.

Postrado en una cama por más de un mes y con la incertidumbre de perder un dedo, lo que cambiaría en mucho mi afición por la guitarra y el piano, una buena amiga me llevó hasta mi lecho El Laberinto de la soledad, que aún después de terminarlo repasé de memoria muchas noches por la alucinante estilística de Paz, su desconcertante claridad en las ideas, la fuerza de su poesía que se colaba en la prosa.

—¿Qué más tiene este señor? —le pregunté a mi amiga.

Entonces me llevó el libro Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y una antología de lo mejor de la poesía de Octavio Paz. De la mano de Paz pasé a los autores que él citaba: Rimbaud, Valéry, los autores provenzales y las grandes plumas anglosajonas. Antes de 1994 sólo leía medicina y el diario colombiano El Tiempo. En México empecé a cultivar mejor mis lecturas y me animé a darle forma a un libro de cuentos —Despertado en ayer— del que sólo tenía uno —No jugarás—escrito en septiembre de 1993. Al volver a Colombia en 1996 fundé una revista —Romanceros— y empecé a opinar, como hasta hoy, desde los diarios El Tiempo, Vanguardia Liberal, El Universal, El Heraldo, muy diversos medios escritos y siempre en mi propio blog.

Recuperado física y emocionalmente, en Ciudad de México me retiraba a las cafeterías a garrapatear versos en servilletas de papel. La última vez fue en la cafetería Sanborns del Centro Comercial El Palacio de Hierro. Allí escribí mi Poema 74, que hoy se conoce como La suerte está echada. Todos mis versos escritos en suelo mexicano, entre 1994 y 1996, los he recopilado en un pequeño libro que nombro por: Rimas del Valle de Anáhuac.

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