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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
Escritos con Humanidad

MANUEL ZAPATA OLIVELLA

Hace catorce años conversamos por última vez, pocos días antes de su muerte. Desde 1996 nos volvimos muy cercanos, hablábamos seguido y era obligatorio el encuentro por una tarde completa si llegaba a Cartagena o si yo iba a Bogotá. Ese día marqué al hotel ansioso con la noticia de su delicado estado, pero respondió él mismo con su voz metálica de joven culto:

—¡Muy buenas tardes!

Fue una conversación igual a todas las que tuvimos durante ocho años y minimizó cualquier problema de salud:

—Pensé que me tenía una nueva invitación a Valledupar —dijo recordando los detalles de la reunión de abril en la Casa de la Cultura, donde me acompañó siete meses después del lanzamiento de mi primer libro de ensayos, Lírica Vallenata (2003).

Siempre pareció viajar a la vida, nunca a la muerte, y así se mostró en aquella plática antes de su fallecimiento. Supe que cuando lanzaron sus cenizas al río, hubo un incendio en Lorica por el estallido de un transformador de energía y no pude evitar pensar con una sonrisa que se trataba de una manifestación provocadora de Manuel.

Manuel apoyó decididamente la creación de la revista Romanceros, que dirigí de 1996 a 1999 y, precisamente, en 1999 me dijo en una parranda vallenata en Bogotá:

—¿Usted que hace metido en el vallenato? Mire a Rafael Escalona, se lo apropió el vallenato cuando pudo hacer muchas otras cosas.

Conociendo el enorme y diáfano cariño que se tenían, comprendí de inmediato su protesta de hermano mayor que aspiraba una universalidad, aún más grande, para Escalona, por cierto ya universal. Pero así era Manuel Zapata Olivella: Le interesaba que salieran adelante los demás, la obra de los otros, además de la suya.

—Tengo varias ideas. ¿Qué me aconseja para concretarlas en un libro? —le pregunté.

—Buen tema, buen inicio, buen final —respondió.

Lo sorprendí con los borradores de Entre las huellas de la India Catalina en 2002 y, en una llamada telefónica de más de una hora, él hizo lo que intenté describir en la dedicatoria póstuma de la primera edición de 2006:
A Manuel Zapata Olivella, que me empujó a todo esto.
Insistiría: Siempre pareció viajar a la vida, nunca a la muerte. Graduado de médico en la Universidad Nacional, emprendió un viaje a pie desde Colombia a los Estados Unidos, pasando por Ciudad de México donde fue médico tratante de Diego Rivera, que al preguntarle cuánto le debía, le dijo:

—Quiero que me metas en uno de tus cuadros.

Desde entonces Manuel también vive en uno de los murales pintados por Rivera, Manuel Zapata Olivella que es un texto que aún no acaba por escribirse. Él mismo me dijo:

—Mis libros serán redescubiertos después de mí muerte y entonces ocuparán su lugar.

Yo aspiro a algo cercano: Que mis mejores pensamientos queden en el de los demás, que algo de mis versos y mis libros sigan mientras la humanidad siga. Esa dicha les pertenece a ustedes.

 

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