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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
Escritos con Humanidad

Los fuegos al Palacio de Justicia.

Toma al Palacio de Justicia

Ataque al Palacio de Justicia

Ese noviembre de 1985 cursaba el quinto semestre de medicina en la Universidad del Rosario, cuya facultad estaba en el Hospital de San José, a unos 2.500 metros al norte del Palacio de Justicia. Al mediodía del miércoles 6 era evidente la agitación en los corredores. Algo pasaba. Cuando nos aconsejaron irnos a casa porque el M-19 se había tomado el Palacio, tomé un taxi que hizo una larga vuelta de desvío por la carrera 30 para llevarme a mi apartamento, justo detrás de la Universidad Javeriana. Allí pasé, del miércoles al domingo, cuatro días de incertidumbre y miedo. Fueron los días en que se perdió la fantasía de invulnerabilidad en Bogotá y en Colombia. ¿Se escalaría una guerra? ¿Terminarían mis estudios de medicina? ¿Corría peligro al interior de aquel apartamento? En las calles corrían tanques de guerra y en el cielo surcaban aviones y helicópteros.

Un año atrás, en 1984, había sido asesinado el Ministro de Justicia en funciones, doctor Rodrigo Lara Bonilla, en una operación puntual del Cartel de Medellín en la Avenida 127 de Bogotá, pero asaltar, fusilar e incendiar hasta sus cimientos el Palacio de Justicia, justo frente al Congreso de la República, a sólo una cuadra de la Casa Presidencial, era la materialización de las peores posibilidades de una guerra contra las guerrillas, que más bien se conocía en los medios de comunicación, pero que realmente no se sentía en las ciudades.

En mi apartamento la pasé pegado a la radio, oyendo los desgarradores detalles de aquellos sucesos inimaginables en el palacio. Por ello no es exacto que se acallaron los medios en esos dos días. Sí hubo una trasmisión distractora de un partido de futbol en la televisión, pero la radio informaba y la angustia por todo lo que oíamos nunca decayó en esos dos días. ¿Volvería al Hospital de San José? ¿Cuándo? ¿Qué otra cosa parecida sucedería en breve?

Jamás se agotan las lecturas a la historia

Tampoco es exacto, según se quiera expresar, que simplemente fue una toma guerrillera fallida o una liberación del Estado desatinada. Desde los primeros fuegos contra los vigilantes del sótano, alrededor de las once de la mañana del 6, hasta las últimas pavesas extinguidas varios días después, todos fueron fuegos iniciáticos de la tragedia que el país incubaba desde tiempo atrás, cuando empezaron a mezclarse con vigor varios de los factores más siniestros de la naturaleza humana, el nihilismo, la falta de escrúpulos, el odio tan cercano a la naturaleza asesina más el dinero inagotable del narcotráfico, mixtura capaz de devorar con fuego pavoroso cualquier castillo que cualquiera hubiera construido.

Las interpretaciones a los fuegos del 6 y el 7 de noviembre de 1985 nunca se agotarán, como jamás se agotan las lecturas a la historia, pero es difícil ubicar un momento similar, después del Bogotazo de 1948, en que, curiosamente, se disemina desde Bogotá hacía todo el país el fuego incubado desde la periferia, en las selvas, montañas y caseríos por anarquistas, ilusos, nihilistas como pueden ser calificados los alzados en armas, con efectos tan duraderos en Colombia. Basta dar un vistazo a lo que opcurrió después: atentados con bombas, tomas de poblaciones, masacres de civiles, grandes zonas gobernadas por irregulares de izquierda o de derecha.

En el ataque al Palacio de Justicia el 6 y 7 de noviembre de 1985 se quemaron los sellos que marcaban límites a una violencia que parecía casi pactada entre los frentes. Colombia no volvió a ser la misma después de 1985. Hasta hoy parece recobrar parte de aquella serenidad perdida entre el 6 y el 7 de noviembre.

 

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