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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
Entrevistas

«SI NO HAY PAZ INTERIOR, NO HABRÁ NINGUNA PAZ EN ESTE PAÍS»

Entrevistado

La sorprendente historia de un desplazado por la violencia en Colombia, el segundo país con más desplazados por la violencia —cerca de 8 millones—, sólo superado por Siria, según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Tras más de una década de enormes dificultades, Samuel dice que es necesario esforzarse para lograr tener paz al momento de oír o ver a los victimarios. Y sentencia: «Si no hay paz interior, no habrá ninguna paz en este país».

Hernán Urbina Joiro


Hasta su papá asesinado tenía miedo. Se le aparecía en sueños con su cara tiroteada y le decía con angustia que ya no podía hablarle más porque se tenía que ir de ese sitio y luego se desvanecía. Fueron los meses en que todos los rostros en las calles de Cartagena le parecían a Samuel el rostro de un asesino que lo buscaba para matarlo. Su familia en Morrocoy era amenazada constantemente. Samuel no podía pensar con claridad. Tuvo que suspender sus estudios nocturnos en una universidad pública. No pudo continuar con su vida.

Entonces consiguió una cita con la psicóloga de la universidad que lo volvió a sacudir: «Samuel, tú te puedes esconder donde sea, pero si ellos te quieren matar, te matan», le dijo. Entonces se abandonó a su suerte y a Dios. «Qué pase lo que Dios quiera», fue su decisión entonces.

Samuel, el mayor de sus hermanos, tenía 24 años cuando recibió su primera amenaza de muerte en el caserío de Morrocoy. Vendía víveres en una tienda del pequeño caserío de cerca de 70 casas y ese día le hicieron un disparo y le dijeron que lo iban a matar tras una discusión con un acaudalado de la región que más tarde tendría nexos con los grupos paramilitares de la región. Esa amenaza, más las ganas de progresar en otra ciudad, lo motivó a irse a Cartagena de Indias donde empezó a sobrevivir trabajando como mensajero y luego logró además ingresar a un programa de estudios nocturnos en una universidad pública. Pero no había terminado el primer semestre en Ingeniería de alimentos cuando lo llamaron para decirle que habían matado a su madre a garrotazos.

 

«Hasta su papá asesinado tenía miedo.
Se le aparecía en sueños con su cara tiroteada
y le decía con angustia que no podía hablarle más
porque se tenía que ir y luego se desvanecía»

 

Esa misma noche del 25 de junio de 2001, Samuel logró embarcarse de regreso a Morrocoy. Encontró a su madre en muy mal estado en el hospital regional, de donde la remitieron a Montería para manejo crítico por trauma craneoencefálico. Sus hermanas de 15 y 17 años relataron como un hombre, cuya familia tenía vínculos con los grupos paramilitares, la llevó con engaños al patio donde la atacó a garrote. Ellas escucharon los gritos de su madre y luego vieron irse al hombre con frialdad pasmosa. Ellas encontraron a Doña Esther inconsciente, revolcada en un charco de sangre.

Con la ayuda de los vecinos pudieron llevarla al puesto de salud y de allí al hospital regional. Con el tiempo se recuperó, pero hasta hoy sufre de una extensa laguna mental sobre los momentos previos a los golpes y las horas posteriores. Samuel regresó a Cartagena con el pálpito de que en cualquier momento le avisarían de otra tragedia familiar. Y ocurrió. No había acabado el cuarto semestre universitario cuando le fueron a avisar a las diez de la noche que habían matado a su padre.

 

Entrevistado 2

 

«Luego sonaron dos disparos y la mujer de mi papá salió
con mi hermano de 16 años. Vieron cómo agonizaba y
cuando le dieron dos disparos más en la cabeza»

 

«Mi papá, Moisés, vivía en una pequeña parcela, a dos kilómetros de Morrocoy, en compañía de una nueva esposa y dos hijos, uno de 16 años y otro de 2 años». Cuenta Samuel que tiempo atrás su padre había dado señas de lo que podría ser su final: «Este pedacito de tierra, que conseguí con tanta lucha, no se lo voy a entregar ni a la guerrilla ni a nadie que me lo quiera quitar», había dicho cuando la zona era amenazada por las FARC a finales de los años noventa.

Relata Samuel que desde el año 2002 los grupos paramilitares eran los que controlaban la zona de Morrocoy y recorrían las calles del caserío con sus armas visibles a plena luz del día. Al principio desplazaban y asesinaban a los forasteros y los ladrones de ñame y bastimentos. Después impusieron toque de queda todas las noches y muchas restricciones al caserío de 300 personas, que de noche tampoco tenía paz por el largo paso de tropas a caballo o a pie. Le exigían plata a la gente con amenazas. Los terratenientes los apoyaban.
»Esa noche del 25 de noviembre de 2004 dos hombres entraron a la casa de mi papá. Muchos otros se quedaron afuera. Lo llamaron. El salió y los atendió en un kiosquito que había en el patio de la casa. Yo creo que él pensó que era el ejército, que también andaba por esa zona. Empezaron a hablar. La mujer de mi papá salió con el hijo de 16 años a ver qué pasaba y los hombres le dijeron que le trajera la carabina de mi papá y que se entrara, que estaban conversando. Al cabo rato sonaron dos tiros. La mujer de mi papá salió de nuevo con mi hermano de 16 años y vieron a mi papá agonizando. Después vieron cuando le dieron dos tiros más en la cabeza. Los hombres se llevaron la carabina que mi papá tenía para cazar».

En ese momento Samuel se queda en silencio, ahogado en lágrimas. «Uno puede perdonar, pero no olvidar», alcanza a decir con la voz entrecortada. «No lloro por dolor, sino por sentimiento», intenta explicarse.

«Mi mamá, aunque no vivía con mi papá, ha sufrido mucho. También la mujer que tenía entonces mi papá y todos mis hermanos, en especial el que tenía 16 años y que vio cómo mataban a mi papá. Él no ha podido tomar un rumbo en su vida. Sigue descontrolado.

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