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EN EL MES DEL DIOS QUE PUEDE INICIAR O ACABARLO TODO

Jano, en el Museo Gregoriano Etrusco de El Vaticano.

 

Jano, en el Museo Gregoriano Etrusco de El Vaticano.


HERNÁN URBINA JOIRO

Jano, dios romano de los comienzos y los finales —tiene dos rostros mirando a extremos opuestos—, de cuyo nombre derivó Ianuarius, Janeiro, Janero y finalmente Enero, no sólo era invocado como protector el primer día de enero —especialmente desde los años setecientos a.C.—, sino que además se le atribuía la invención del dinero, las leyes y la agricultura, tal vez, los tres asuntos que más han enfrentado a los seres humanos y esto debería ser suficiente para comprender la asociación de Jano con la guerra: se le invocaba al comenzar una batalla y durante ella las puertas de su templo en Roma permanecían abiertas, mientras que en tiempos de paz permanecían cerradas. En este nuevo mes de Jano, en medio de tantos conflictos a causa de los desastres financieros, las injusticias y el hambre, ¿cómo interpretar el rostro de quien puede iniciar o acabarlo todo?

Se suele ubicar al año 713 a.C., durante el reinado de Numa Pompilio, como la época en que se añadieron los meses de enero y febrero para completar el año lunar de 355 días. Desde entonces se entronizó como nunca antes la figura del dios Jano, el dios bifronte, que pese a su apariencia desconcertante de dos rostros enfrentados, en verdad, podría encarnar uno de los semblantes más humanos de cuantos tuvieron los dioses de la antigua Roma al representar apropiadamente  nuestra ambivalencia, nuestra oscilación eterna entre el bien y el mal, entre el pasado y el futuro, entre el nacimiento y la muerte, en fin, la incertidumbre humana.

De manera que Jano más bien parecería simbolizar al ser humano que, pese a la duda, puede llegar a decidirse y entonces cerrar las puertas de la confrontación por la inequidad, por el quebrantamiento de la ley, por la falta de alimentos. Se trataría, en realidad, de la representación del hombre que sabe, de todas formas, que todo comienzo debe pasar por el sufrimiento de un final y que los finales —si se toma esto como propósito— sólo pueden generar inicios. En otras palabras, Jano diviniza al hombre como ser siempre posible y siempre posibilitador, o si se quiere: es el hombre la verdadera deidad que puede iniciar o acabarlo todo.

Sin embargo, son muchos los que por el mundo aventuran a mantener abiertas las puertas a las hostilidades en este nuevo mes de Jano que transcurre, mientras que Jano mismo, imperturbable, no hace más que recordar que lo que habrá de salvaguardar al hombre tendrá que salir del hombre mismo, del hombre siempre capaz de empezar o acabar, pese a su incertidumbre, y que la paz lograda es un tesoro tan grande que hay que retenerlo en el espíritu con las puertas muy bien cerradas para no perderla.

 

Cartagena de Indias, 12 de enero de 2012.

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