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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
Columnas

EL VALLENATO PASÓ DE VIVIR AVENTURAS A LA AVENTURA DE VIVIR

El vallenato, vivir aventuras, aventura de vivir

El vallenato pasó de vivir aventuras a la aventura de vivir. Conversación de Hernán Urbina Joiro con William Ospina en Bogotá, 2005.

Hay una copa sobre la antología de poemas William Ospina 1974-2004. Con William recordamos a Milton, para quien los poetas épicos beben agua y los líricos, además, beben vino; lo que, en verdad, figura que se prueban fuentes distintas para llegar a lugares diferentes en la poética. Sonaron canciones de Abel Antonio Villa, El Testamento de Escalona. Después se oyó Fantasía, de Rosendo Romero:

Ese que escribe versos repletos de verano estando en primavera, ese soy yo…

«Yo siento al oír esta música —Fantasía— que hay aventuras y experimentos nuevos. Lo que pasó con el vallenato, pasó con el tango: al comienzo era mucho más narrativo, épico, y a partir de un momento se volvió más inclinado a la lírica, a expresar la emoción personal, la introspección, y esto se dio, sobre todo, con la llegada de Gardel», dijo William. ¿En qué momento arranca esto mismo en el vallenato? La pregunta la contesta el propio Rosendo Romero en su obra Mi primera canción donde confiesa: «Me fui siguiendo el estilo del gran Gustavo Gutiérrez…».

Escalona y muchos hicieron trazos líricos, pero dentro de la poesía clásica, de 8 a 14 sílabas, con mezclas de cuartetos, sextetos o décimas y siempre fieles a la épica tradicional. Anota William: «En la épica todo se cuenta en el mismo tono de voz; en la lírica cada momento es importante porque se pasa de la tristeza a la melancolía, a la alegría, a la exaltación, se vuelve a caer en la tristeza y, entonces, se muestra una riqueza de matices que requiere todas las formas verbales. La épica siempre tiene formas más rígidas porque lo que importa no es tanto el cómo se dice, sino qué se dice; mientras que la lírica es mucho más elástica, más rítmica, más variable, más cambiante, porque lo importarte ya no es sólo qué se dice, sino cómo se dice y qué se va sintiendo en cada momento».

Los trazos tradicionales de 8 a 14 sílabas en cuartetos, sextetos o décimas no corresponden al modelo de Fantasía, Besos o Rumores de viejas voces, que ya transitan la poesía moderna, y fueron el formato seguido por una mayoría de autores vallenatos —no todos con fortuna— desde los sesenta a los noventa. Y aunque se encontrara por estos días, en una cueva, un vallenato al estilo de Walt Withman, su hipotético y hasta ahora desconocido autor no sería el modelo lírico imitado. Lo fue el patrón difundido, a los cuatro vientos, por Gustavo Gutiérrez desde 1963. Es ingenuo pensar que se trata de un simple estilo o variante de lo clásico. No hay que ser académico para notar que no dicen lo mismo, en sus músicas y letras, los temas Fantasía y La Cachucha Bacana. La oposición a esto tiene, en ocasiones, un regusto a mezquindad, cierto afán de negar, a toda costa, a alguien o a algo.

Un nuevo tipo de verso implica, sin considerar otros aspectos musicales, otra ritmicidad. Con el Maestro Francisco Zumaqué nos hemos divertido con la historia de que los músicos no advierten en sus guacharacas y sus cajas el paso desde el sabroso tema La creciente del Cesar de Escalona a la obra lírica «Lloraré» de Gustavo Gutiérrez. Para esto, ¡tendrían que tocar el tema de Escalona en ritmo de bolero! Sin cambiar de ritmo, ese paso sería imperceptible en personas, por lo menos, con alteraciones auditivas. Pero se llega a difundir tal extravagancia sólo por negar la existencia de un nuevo ritmo vallenato.

Ahora, conversando sobre poética, es inevitable volver a sonreír con lo de un presunto problema por el cambio en la métrica y la rima vallenata. Cualquier intento por detener la creatividad ha sido y será inútil, porque se trataría de imponer al artista el modo en que debe acometer su imaginación, su emotividad. Lo irónico es que estos supuestos tradicionalistas aceptarían clonar a todo el mundo para que sólo se cante como hace cuarenta años.

Pero de lo que se trata, precisamente, es de no encasillar al vallenato en los conceptos de alguien en particular. Lo justiciero sería reconocer a este nuevo formato lírico que arranca en firme en los sesenta, con el cual hicieron sus vidas al menos dos generaciones de colombianos. Si hay consenso en llamarlo «Paseo Romántico», ello no está lejos de lo fundamental, de la naturaleza lírica de este otro paseo.

¿Y la defensa de las tradiciones? Claro que debe ejercerse para inmortalizar el pasado, pero no como intento —inútil— de constreñir el futuro. Se trata de cuidar la memoria entera, sin poner una fecha terminante para decir que después de tal tiempo no ocurrió nada más. Inclusive, ya declina este formato lírico o romántico, aquí citado, que reinó desde los sesenta. Si es cierto que se defienden las tradiciones, allí se tiene a la tradición vallenata de mayor impacto en los últimos 30 años para defenderla frente a las fusiones vallenatas modernas.

La copa sobre el libro de William Ospina espera por agua o vino. Podríamos llenarla con cualquiera de los dos: para oír el Paseo Tradicional de Leandro o Escalona, o el Paseo Romántico de Gustavo y su escuela. Nadie necesita un decreto para cantarlas, como tampoco una ordenanza, ni un pasquín, pueden deshacer esta realidad que ya habita en las mentes y que tarde o temprano se impondrá en el último rincón. Qué bueno es oír o leer a locutores, amas de casa, cualquier persona, oponiéndose al cambio, pues no existirían vanguardias sin oponentes. Sin reproches no habría señal de novedad y estamos ante un cambio de paradigma.

Remató William: «Todo arte es al comienzo narrativo porque primero descubrimos al mundo y luego a nosotros mismos. Al comienzo, el arte cuenta historias, habla del mundo exterior, es épico, y, en la medida en que gana confianza y se afirma, se va atreviendo hablar más de lo que hay adentro y pasa a un tono distinto, más personal. Ese ha sido siempre el paso de nosotros al yo. Por eso no me extraña que el vallenato haya sido originalmente una crónica, una narración de historias, de episodios coloquiales de una región, noticias que van de un lugar a otro y que a partir de cierto momento empezó a tener voces singulares y empiece a explorar el alma. Esto es pasar del vivir aventuras a la aventura de vivir».

Bogotá, 27 de febrero de 2005.

El vallenato pasó de vivir aventuras a la aventura de vivir

Hernán Urbina Joiro, escritor y médico colombiano. (Valledupar, Colombia, el 16 de junio de 1965). Parte de su infancia y adolescencia transcurrió en San Juan del Cesar (La Guajira). Médico de la Universidad del Rosario y escritor, cuya obra ha sido distinguida con distintas condecoraciones como la Orden Puerta de Oro de Colombia, la Orden Pedro Romero de Cartagena de Indias, la Orden Gran Cruz de Caballero del Congreso de la República de Colombia, la Insignia Nicolás Monardes de la Sociedad de Escritores Médicos de Sevilla (España).

Es Miembro de Número de la Academia de la Historia de Cartagena de Indias, de la Academia de Medicina de Cartagena de Indias y de la Academia Nacional de Medicina de Colombia. Ha colaborado con los periódicos colombianos El Tiempo, El Heraldo y El Universal, entre otros. Fundó y dirigió entre los años 1996 y 1999 la revista Romanceros y entre 2014 y 2018 la  revista Humanidad AhoraEs miembro de la Junta Directiva del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias desde 2015.

Desde los 12 años de edad, cuando ganó el primer lugar del Festival Nacional de Compositores Vallenatos, se le considera uno de los más grandes poetas líricos del vallenato. Vive en Cartagena de Indias. Sus más recientes libros son Entre las huellas de la India Catalina (Segunda edición, 2017, Universidad del Rosario) y  Humanidad Ahora: diez ensayos para un nuevo partidario de lo humano (2017, Siglo del hombre).

El vallenato pasó de vivir aventuras a la aventura de vivir

 

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