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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
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EL LAICISMO SEGÚN LA FIFA

 Kaká celebrando un gol a su manera

Parece ir en serio la intención de la FIFA de prohibir santiguarse o elevar las manos al cielo en agradecimiento durante un partido de futbol, lo que en nada ayuda a la defensa de las libertades, incluída la de credo, ni tampoco tendría utilidad alguna para combatir los relativismos culturales o los integrismos religiosos, si de eso se trata tan curiosa penalización propuesta.

Más que una preocupación por un choque de civilizaciones, como indicaba Samuel Huntington, en esta actitud de la FIFA parece advertirse un cierto terror medieval, el recuerdo de los abusos que los fanáticos religiosos perpetraron a nombre del cristianismo, principalmente. Los fanatismos son nefastos y eso incluye también a los fanatismos antirreligiosos, que, cegados, suelen caer en los mimos abusos que recriminan. La Edad Media acabó hace mucho y descalificar una inclinación religiosa que no constriñe a nadie es, por lo menos, un abuso. Y esta defensa también va a favor de los que profesan el credo agnóstico. De manera que, si al culminar una hazaña personal con un gol, el jugador quiere agradecer con un gesto religioso, ¿cuál es el problema? Cosa distinta es que quiera cambiar el marcador por designios divinos o modificar las reglas del partido con argumentos teológicos o que haga proselitismo. Eso sí sería una intromisión indebida del credo religioso.

Igual, para el caso del futbol, el laicismo garantizará que influencias religiosas o eclesiásticas no determinen quién es el mejor en la cancha. Si el jugador siente que es ayudado por Dios, esa es su creencia que no debe incumbirle a los demás. El momento cumbre de un partido de futbol, antes del pitazo final, es precisamente ese, el de la anotación, y que es claramente un estado espiritual en el que podemos ver abrazados a jugadores de todas las etnias e incluso de distintos credos en una comunión humana por un logro para el grupo. Un laico, y menos en democracia, no puede andar prohibiéndole a otros que expresen sus sentimientos o su estado espiritual cuando anotan un gol. Eso ya sería parte de un cierto fanatismo agnóstico, como el que parece sufrir Joseph Blatter, Presidente de la FIFA.

Con la propuesta difundida, Joseph Blatter parece pedir que se anestesie o, más bien, que se castre el espíritu del anotador y por lo visto también el espíritu del equipo y del mundo entero que lo observa al momento de marcar un gol. ¿De qué sirve alcanzar la cumbre si no se puede festejar con el espíritu pleno? Blatter debería leer el cuento de Diderot —popularizado, además, por Unamuno— en donde el eunuco delegado para escoger las mejores esclavas para el Sultán pidió recibir clases de estética con un marsellés y a la primera lección, carnalmente fisiológica, exclamó compungido:

—¡Está visto que ya nunca sabré estética!

¡Por Dios! Que la FIFA, guardiana del mejor espectáculo del mundo, no se haga ese autogol al castrar al futbol de esos festejos tan propios del sentir humano. No será un buen cuadro mirar idiotas robotizados caminando lentamente al centro del campo tras anotar un gol. Hay otros asuntos más graves en que debería enfocarse la FIFA, que, en este caso de las anotaciones obsequiadas, parece, desproporcionadamente, fanática como cualquier barrabrava. No es para tanto. Sólo se trata de un partido de futbol.

 

31 de agosto de 2009
Cartagena de Indias.

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