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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
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EL HOMBRE ES SED

(Respuesta a una invitación del sacerdote Luciano Arias, en Cartagena de Indias).

Quién sabe hasta qué punto un laico, como yo, pueda iluminar a otros sobre un asunto tan sensible y tan cargado de significaciones como la “quinta palabra” pronunciada por Jesús en el calvario, pero supongo que podría hablar de mis impresiones acerca de un instante en que el propio Jesús vivió muy hondamente el sufrimiento humano.

Gritar “Tengo sed”, también es gritar: “Tengo cuestiones para aliviar o cuestiones para modificar o para cambiar”. No era cosa de desear un poco de agua. Ya han dicho los entendidos que con estas palabras, Jesús hizo cumplir la profecía de que su boca en la cruz estaría tan seca como una  teja y que la humanidad le ofrecería amargura para calmarle la sed. Pero, me temo que con esta frase también pudo gritarnos lo central de la condición humana: que siempre tendremos sed, es decir, que siempre tendremos necesidad de aliviar algo, que siempre viviremos la necesidad de cambiar algo, y que esto siempre será un asunto muy hondo, que no podremos evadir a riesgo de sufrirlo, incluso, aún más dolorosamente.

Igual, hay que señalar, que en ningún momento se nos dijo que éste tiene que ser, necesariamente, un sufrimiento que deba aniquilarnos o que deba hacernos correr despavoridos todo el tiempo. Sí parece haberse mostrado, en cambio, que se trata de un sufrimiento para vencer; toda una experiencia que podría llevar a un conocimiento muy profundo; una vivencia que, además, se alivia hondamente si se sabe cómo compartirla con otros.

Si algo nos genera sed, si algo nos duele, es señal inequívoca de que tenemos conciencia —en la ausencia de dolor o de sed, no infaliblemente se está consciente—. Es en la conciencia, entonces, donde se aloja el sufrimiento y por ello es en la conciencia donde residen las más extraordinarias posibilidades para que el individuo pueda llegar a ser más grande que eso que le hace sufrir, porque podría llegar a abarcarlo y diluirlo en una conciencia más grande que eso que le genera sufrimiento.

El sufrir indica que debe hacerse algo al respecto, que hay que efectuar un nuevo movimiento; el sufrimiento en realidad impulsa a elegir, a seguir viviendo, invita a no morir. Sin duda, hoy mucho sufre la humanidad e incluso tal vez más que en otras épocas, pero también la actual humanidad parece haber encontrado formas más poderosas para llegar a no tener conciencia del sufrimiento, nuevas maneras para sentir menos. Esto no es una contradicción. Es parte del absurdo de nuestra actual civilización. Por un lado, no sólo se trata de que hoy se sepa más del sufrimiento por el avance en las comunicaciones, sino, que además, el progreso ha aumentado las fuentes del sufrir, impone nuevas formas de esclavitud, agiganta la desigualdad, diversifica el crimen y refina las maneras de ejercer impunidad.

Pero, al tiempo, el progreso mismo ha generado nuevas formas de negar el sufrimiento en una cada vez más fortalecida cultura del escape, de la anestesia frente al padecer propio y de los demás. Casi siempre lo que se practica o se estimula a  practicar es hacer obrar algo que anestesie la sed o el sufrir y luego es cuestión de esperar un tiempo hasta que regrese el yo que sufre o que tiene sed para repetirle la dosis que le hace escapar.

La palabra conciencia viene de la palabra conocer y al igual que sus voces parientes, conocedor y conocimiento, en últimas deriva a la palabra conquistar. Es decir: la conciencia puede llevar a conquistarme. El sufrimiento elimina lo superfluo y puede concentrar toda la existencia en un tema dado y por ello puede llegar a convertirse en una muy profunda forma de conocer, como pocas pueden existir. Hay más probabilidades de encontrar verdad en el sufrir que en el placer, es decir, podemos conocer más cuando vivimos esa passio o pasión que nos duele de forma imprevista, no calculada, que domina nuestro ánimo y que es una experiencia única, que sólo siente el yo, que es intransferible.
Pero, los demás también  pueden acercarse a mi passio o pasión e intentar comprender mi sufrimiento. Y estar conmigo y con mi passio es tener compassío. De manera que la compasión es otra forma de descubrir, de conocer más por el sufrimiento de otros, así como la indiferencia es otra forma de escapar.

Todas estas claves nuestras del sufrimiento son sólo de humanos, entre otras razones, porque somos los únicos seres que nos autoinfligimos el sufrir a través de cuestiones como el remordimiento, la culpa, la hipocondría, la envidia, es decir mediante dolores autoasestados.  Es cierto que tras el pavor de las guerras, de la miseria, igual se ha ensanchado, de todas maneras, la conciencia humana; pero ese agrandamiento no tiene que ser así, necesariamente, a golpes. Ya hay demasiado sufrimiento que nos llega espontáneamente para ser convertido en sabiduría que ensancha la conciencia, por lo que no se debería agregar a la vida otras crueldades innecesarias.

El sufrimiento hoy está hablando, especialmente, y  con desgarro, por una civilización que desesperada e inútilmente desea escapar de su sed, física y espiritual por medios que en realidad sólo la vuelven prisionera. El escapismo no libera al yo, no permite gobernar libremente al yo. Escape significa huída y, en el caso de las adicciones, a cualquier cosa, también equivale a derrota por ser un escape  autodestructivo, más parecido a la esclavitud que a la libertad o al dominio sobre sí mismo.

Y no todo da igual. No es lo mismo escapar con drogas que escapar contemplando una obra de arte. Y tal vez no haya mucho que discutirle al asunto de que quien está bajo el efecto de las drogas no está consciente ni del sufrimiento de los demás ni del sufrimiento propio. El abordaje del sufrimiento humano como problema, incluidas las adicciones y el negocio criminal que generan, no será sencillo, pero tendrá mucho que ver con ayudar a entender el grito: “Tengo sed”, que invita a atender un reto inmenso y continuo para aumentar, no violentamente, el tamaño de nuestra conciencia, ese sitio donde se aloja el sufrir, para volver ese sufrimiento mucho más pequeño, manejable, incluso para convertirlo en un gran maestro.

En síntesis: si la ciencia hoy pudiera, verdaderamente, medir el sufrimiento humano tal como se cuantifica una infección, haría colapsar a todos los sistemas y economías por las dimensiones de la pandemia más prolongada y creciente de la humanidad. Es la atención al sufrimiento humano, el enseñar a entender y compartir ese grito que resuena desde hace más de 2000 años, “Tengo sed”, la tarea más importante que sigue teniendo pendiente la humanidad.

31 de marzo de 2010
Cartagena de Indias, Colombia.

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