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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
Crónicas

DESOCUPADOS

Foto de Publimetro Colombia

Hernán Urbina Joiro
2 de marzo de 2001. 

De repente alguien habló por la pequeña rendija de la ventana. Eran las cinco y media de la tarde. Había llegado antes de tiempo a la reunión de trabajo. Preferí quedarme en el carro, oyendo noticias. De un momento a otro, se acercó.

—¿Lo lavo, compañero? —me preguntó.

—Es que ya toca en el lavadero, con maquina —le dije sin mucho interés.

No lo había visto antes. Era nuevo en la plazoleta. Pero, los demás cuidadores de vehículos lo toleraban. Se quedó allí, parado, mirando a nadie. Un rato más tarde le escuche el susurró para sí:

—Vamo’ a ver qué comemos hoy.

Vacilé. ¿Me lo habrá dicho a mí? Podría hacerme el sordo —pensé— o mejor aún: el idiota. La ventaja del idiota es que puede disimularlo todo haciendo creer que está ocupado pensando. Pasaban los minutos haciéndome el que estaba ocupado pensando, pero, el muchacho seguía ahí, inalterable, mirando en lontananza. Finalmente, bajé el volumen de la radio.

—La cosa está como dura, ¿no? —le dije por decir algo.

—Sí. Pa’ los que la tienen dura —respondió sonriendo.

Tendría unos veinticinco años. Me contó que tenía seis hijos y que a su mujer le habían amputado una pierna. Dijo que en todo el día sólo había probado un poco de caldo que le dejó uno de los cuidadores.

—Sí. Está dificil en todas partes —le dije. Dicen que el 20% de la gente está desocupada.

—Pura paja. Por aquí to’ el mundo está fregao.

Se quedó en silencio. Volvió a mirar la pintura del carro.

—Está bien rayao. Tengo aceite de tiburón, que lo deja nuevo —me dijo.

—Es que ya le toca el lavado con maquina —insistí.

Hubo un comentario sobre SIDA muy celebrado en el programa radial La Luciérnaga.

—Ojalá se lleve (el SIDA) a un poco de manes por allá (en el extranjero), pa’ que nos llamen a trabajar a nosotros.

Sonreí. «En esas están en África subsahariana», me dije mentalmente antes de preguntarle:

—¿Te gustaría estudiar?

—La gente sale peor de esa vaina. Mire, hasta hay médicos —y me señala— que manejan taxis.

—Bueno, parece que sí, especialmente en Bogotá —le comenté.

Nos quedamos en silencio. Yo haciendo que oía la radio y el joven tratando de adivinar un cliente. Al cabo de un rato volvió a la carga:

—Ya le hubiera lavao’ el carro.

—Es que ya casi son la seis, tengo una reunión, y quizá no me demore —le dije.

—Bueno. Entonce’ me voy a otro lao’ a rebuscame’ —dijo antes de irse.

Ya eran las seis. La noche empezaba a escurrirse desde lo alto y el cuidador permanecía a cien metros esperando una moneda, hierático, como una sombra más de aquellas que se cernían. Salí del carro y me dirigí al edificio donde tenía la reunión. «Bueno, —pensé en el camino— este hombre, al menos, tiene claridad sobre lo engañosas que pueden ser las estadísticas, claridad que no tiene mucha gente, a diferencia del Departamento Nacional de Estadísticas».

No supe por qué me quedó la sensación de que el joven odiaba los taxis o a tal vez a los que los manejan. A lo mejor prefiere lavarlos. Pero, definitivamente, me pareció alguien persistente, que finalmente podría abrir una buena puerta.

Llegué al piso de juntas. Estaba vacío. Toque en las oficinas y nadie abrió. Nada que hacer. Bajé al primer piso a esperar. A lo lejos estaba el cuidador, también desocupado. Me miró. La solución al tedio la entendimos sin mucho esfuerzo:

—Sí, compañero, ¡lávelo! —le dije.

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