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DEL NIÑO MÚSICO QUE LLEVO EN MÍ

obra pética, hernan urbina joiro, escritor y médico colombiano
Noticia del diario El Tiempo publicada en 1978

HERNÁN URBINA JOIRO
En San Juan del Cesar, al norte de Colombia, esta tarde iniciaron los preparativos de lo que, a fuerza de tantos años de trabajos ininterrumpidos, ya se afianzó como la más honda y bella tradición de los sanjuaneros: escuchar cada diciembre las mejores canciones de los mejores compositores de la música vallenata. Este año, en la 34 versión, las albricias se dieron con un desfile de carrozas donde cada niño, a la manera de un Rey, dirigía un carruaje a nombre de alguno de esos grandes compositores que se consagraron en el Festival Nacional de Compositores de Música Vallenata a lo largo de estas tres décadas largas que han corrido.  Para mí esto ha tenido en esta tarde un efecto demoledor por varias razones.

La primera porque, precisamente, siendo un niño, a mis doce años de edad, cuando todavía usaba pantalones cortos, me correspondió ganar la primera edición de ese Festival, en la categoría de Aficionados, el 8 de diciembre de 1977. Pero, pese a que fui registrado al año siguiente, en 1978, por el diario El Tiempo como «La revelación de la música vallenata», y pese ha haber ganado por segunda vez el Festival en 1988, en la categoría de Profesionales, en esta casi media vida que creo haber recorrido nunca me he recuperado del todo de aquella enorme alegría primera, de toda aquella conmoción de 1977, que de todas maneras —siempre fui consciente de ello—, no me aseguraba nada en mi improbable aspiración de convertirme algún día en poeta. Tan concreta era aquella situación, que poco después de ese primer Festival, escribí a manera de reproche, con tonalidad de frustración, en mi primera obra grabada en 1983, «Mis tristezas»:

Siempre anhelaba en mis tristezas de ayer ser un poeta andante
Para cantarle a las tardes decembrinas y enamorarme de la aurora de San Juan

Hace cerca de diez años, en el prólogo de un libro sobre la vida de Gustavo Gutiérrez, escribí que Freud nos propuso que buscáramos en el niño los orígenes del espíritu creador. Para jugar, decía el psicoanalista, es necesario desprenderse de lo que se llama la «realidad concreta», considerándose que lo opuesto al juego no es la formalidad sino «la realidad», y tanto el niño como el creador coincidirían en varias características: Crean un mundo imaginario, lo toman en serio y lo mantienen separado de la realidad. En todos y cada uno de estos 45 años que he vivido, sigo jugando mentalmente, todo el tiempo, a cambiarle las letras, las melodías y las armonías a mis propios cantos y a los cantos de mis autores preferidos, como Escalona o Gustavo Gutiérrez, tal vez, en buena parte, porque hasta hoy me había tomado muy en serio que sólo soy aquel niño aspirante a poeta y que en silencio espera y juega.

Y acabo de escribir «hasta hoy» porque he sabido que el niño Ricardo Andrés Daza Maestre, como todo un Rey, dirigió el carruaje que llevaba mi nombre en el desfile de esta tarde en San Juan del Cesar y eso me ha generado la extraña visión de que esta misma tarde un niño poeta, con idéntico nombre al mío, al fin anduvo por las calles de mi infancia en una carroza cantándole por mí a estas tardes, ya sin duda decembrinas, y que a mi nombre dejó algunos de mis versos entre las brisas para que mañana, muy temprano, la aurora de San Juan los reconozca como mi declaratoria de amor.

Creo que este niño músico que llevo en mí, al final, se salió con la suya.
28 de noviembre de 2010
Cartagena de Indias, Colombia. 

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