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  • Ascendido a Miembro de Número en la Academia de la Historia de Cartagena de Indias por "Entre las huellas de la India Catalina", 29 de junio de 2017
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Del problema XXX de Aristóteles: La melancolia, la llaga y la oportunidad

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Problema XXX de Aristóteles: La melancolia, la llaga y la oportunidad.

Se le atribuye a Aristóteles un inquietante texto sobre la melancolía y, hoy, cuando la Organización Mundial de la Salud la señala entre las primeras causas de muerte y de incapacidad, es buen momento para regresar al Problema XXX de Aristóteles, a sus simbolismos de asombrosa actualidad.

Regresar, el asunto de la imposibilidad de hacerlo o de regresar a una situación que cambió desfavorable, allí radica la melancolía, que implica desarraigo, pérdida de vínculo con algo esencial. Pese a lo oscuro que pueda resultar el Problema XXX de Aristóteles1, en verdad, a esto mismo alude, en summa, el antiguo texto, donde se afirma que la melancolía es causada por la inestabilidad de la bilis negra, que puede llevar al ser humano al desquicio y a sufrir dolorosas e incurables llagas.

En la línea inicial de su Problemata, Aristóteles afirma con una pregunta uno de los simbolismos más grandes de su escrito: «¿Por qué razón todos aquellos que han sido hombres de excepción […] resultan ser claramente melancólicos?». Con esto el filósofo deja sentado que la melancolía es un privilegio de seres humanos altos, por más que se les note abatidos y como ejemplo primero de los melancólicos, llevados a su propia derrota y a sufrir úlceras corporales, cita, nada menos, que a Hércules —Heracles—, el más grande de los héroes griegos2.

Aristóteles, como la mayoría de científicos que lo precedieron y los de su tiempo, atribuían las enfermedades a un desbalance de alguno de los cuatro humores principales del cuerpo, esto es, la bilis amarilla, la bilis negra, la sangre y la flema3. En el caso de la bilis negra, que causaría la melancolía, Aristóteles afirmaba que consistía en un sedimento, en un residuo no procesado, inacabado, pendiente de ser digerido, con lo cual también abrió la posibilidad de que la melancolía, capaz de llevar a la perdición —si se depositaba en la cabeza— y a sufrir ulceras en el cuerpo —si se abría paso hasta la piel—, también podía ser procesada y digerida. Lo que equivaldría a decir: Si hay melancolía hay oportunidad.

Para Aristóteles la melancolía
era un privilegio de hombres grandes
aunque se les notara abatidos

Aristóteles 
Foto Wikimedia

En esta afirmación, de la línea final del anterior párrafo, también se sostiene que, si hay melancolía hay conciencia, o más claramente: que el sufrimiento es conciencia4. Con esto nos adentrarnos a otra problemata, la que encarna el asunto del sufrimiento humano intrauterino y del sufrimiento humano al momento de nacer5. No son pocos los que han negado la relación entre el llanto al nacer —que tiene las variaciones biológicas propias de un llanto por trauma o por estrés— con el asunto de vivir fuera del útero, en una situación que cambió desfavorable, o por la imposibilidad de volver a una situación anterior más confortable.

Antes de entrar en discusiones circulares sobre la ausencia de llanto en algunos nacimientos, hay que señalar que, igual, muchos seres humanos no logran —o no pueden por incapacidad—, expresar debidamente su tristeza durante toda su vida, que abundan individuos que no se inmutan ante situaciones que generan melancolía, que el ser humano también puede ser natural y profundamente indiferente a lo que entristece, incluso al momento de nacer.

Si hay melancolía,
hay oportunidad

En su Problema XXX, Aristóteles además plantea un interesante paralelismo entre la bilis negra y el vino, ambos capaces de hacer vivir a una persona un sinnúmero de caracteres o estados desde la inspiración hasta la locura, aclarando Aristóteles que en el caso de la de la bilis negra estos podrían ser cambios sufribles por toda la vida y no sólo por una noche. A propósito, al describir Aristóteles a la bilis negra como un sedimento no procesado, afirma que por ello tiende a quedarse, a mantenerse con persistencia en el cuerpo, con lo cual invita a combatirla, es decir a procesarla o digerir la bilis negra, que representa como sustancia «perfectamente inestable», con el potencial de ser — y hacer a la persona— extremadamente fría o extremadamente caliente.

Aristóteles señala, entonces, implícitamente, la oportunidad de procesar eso inacabado que puede enfermar, en algo mejor, convertir a la melancolía en una melancolía creativa. Es lo que aquí volveríamos a parafrasear como: Si hay melancolía hay oportunidad.

Siendo la vida para los griegos una constante lucha o agón6 en la búsqueda del equilibrio de los humores internos y el equilibrio frente a las inestabilidades de la naturaleza y de los propios pobladores griegos, Aristóteles deja también implícito en su problemata que la melancolía no tiene que ser, necesariamente, una enfermedad, sino, como se dijo, oportunidad para el hombre melancólico de encontrar un feliz equilibrio en su vida, y no necesariamente la locura o el sufrimiento perenne por las úlceras corporales ocasionadas por la bilis negra que se abre paso al exterior. Aristóteles propuso, todo esto, veintidós siglos antes de que Víctor Hugo nos regalara uno de sus más bellos aforismos: «La melancolía es la felicidad de estar triste»7.

Pese a la postura de antiguos hombres como Aristóteles, hoy domina la tendencia a la enfermización de la melancolía, desplazada por el árido término depresión, que desde su origen en la palabra latina depraedari ya señala al melancólico como un ser depredado, desmoronado y también depresor de los demás8—, un ser humano sólo merecedor de la farmacotización de su vida y no tanto merecedor de encontrar felicidad en su nostalgia por regresar o en la imposibilidad del regreso. El Problema XXX de Aristóteles propone desde hace veintidós siglos cuestiones más inteligentes: no sólo a la melancolía como material para ser procesado creativamente en algo mejor, sino además a la melancolía como situación digna de seres humanos altos, más altos que aquellos que no parecieran sentir tristeza por abandonar el paraíso, el mundo maternal perfecto, tal vez prefiriendo usar el antifaz de la alegría y desechando el antifaz de la tristeza porque su escepticismo —su bilis negra­— le indica desde adentro que ya todo está perdido y ni siquiera vale la pena llorar.

Quien promueva que todos los casos de melancolía deben mejorar con una buena digestión, sólo se tratará de un imprudente. La cuestión es tener y brindar las herramientas creativas para que la vivencia —además solitaria— de la melancolía no sea letal. En el útero materno no estábamos solos, ni desarraigados. Afuera, en los desiertos, incluso en los desiertos por donde pasan miles de caravanas indiferentes, sí hay desarraigo y soledad. La melancolía puede llegar a ser toda una passio que lo domina todo para mal, pero también siempre será passio el encuentro de la felicidad, una y otra vez, elusiva, pero siempre feliz. La felicidad no es un bien permanente, que, de ese modo, podría aburrir y entristecer. La felicidad se asemeja más a la satisfacción del dominio sobre lo que desestabiliza y se prolonga en la serenidad de reposar, una y otra vez, al lado de esa dicha corta, pero repetible. Se sabe desde los griegos que este es un mundo para valientes, para, según Aristóteles, seres grandes, dueños de la melancolía, y que la vida es agón, permanente lucha. Ahora vale la pena agregar: nunca tenemos completa paz porque la mente sana nunca es completo silencio.

 

Problema XXX de Aristóteles.  
Leipzig Teubner, 1922
.

La meta sigue siendo superar ese llanto, esa melancolía, ese desarraigo al nacer, que parece durar siempre agazapado en la vida, atento a aflorar de nuevo. Nuestra tarea es hacer lo mejor para disfrutar —y hacer disfrutar— nuestra época, conquistar nuestro tiempo, llorando un poco el desarraigo para enseguida levantar la vista y ubicar a la dicha con la que se ha de tener un nuevo encuentro feliz. Esto de conquistar la oportunidad que encarna la melancolía no tiene que ser, necesariamente, siempre con fármacos, aunque a veces pueden necesitarse. Hay que remarcarlo: nuestra vida es nuestra época. No todo se comprende. No todo se domina. Pero todo eso que es incomprensible e indomeñable no tiene que detenernos todo, todo el tiempo. Precisamente mucho de nuestra época es terreno del tiempo y nosotros nacemos con la medida para saber cuándo está al alcance, de nuevo, la felicidad caminante. «Sólo se tiene la dicha un instante, no más»9, pero ella siempre se puede volver a reconquistar. El ser humano mientras viva siempre será la oportunidad.

Sólo se tiene la dicha un instante,
no más…
(Hernán Urbina Joiro. Tú eres la reina, 1993)

REFERENCIAS
1. The Teubner Text of the Pseudo-Aristotelian Problemata – Aristotelis quae feruntur Problemata Physica. Edidit Ruelle Carolus Aemilius; recognovit Knoellinger Hermannus. Editionem post utriusque mortem curavit praefatione ornavit Josephus Klek. Pp. xvi + 317. Leipzig: Teubner, 1922.
2. Ovidio. Metamorfosis. Libro IX. Madrid. Editorial Anaya. 2007.
3. Hipócrates. Tratados Hipocráticos. Madrid. Alianza Editorial. 1996
4. Urbina Joiro, Hernán. Del lenguaje del sufrimiento. En: Humanidad Ahora: diez ensayos para un nuevo partidario de lo humano. Cartagena. 2017. Colombia.
5. Espinoza R., José. Sufrimiento fetal. Revista chilena de pediatría. Vol. 44. Nº 6. 1973, p.p. 523-529.
6. Urbina Joiro, Hernán. Del lenguaje del sufrimiento, op. cit
7. Argüelles, Juan Domingo. Escritura y melancolía. México. Fórcola. 2011.
8. Corominas y Pascual. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico. Madrid. Gredos. 1980
9. Urbina Joiro, Hernán. Tú eres la reina. Bogotá. Sony Music. 1993.

HERNÁN URBINA JOIRO
Problema XXX de Aristóteles: la melancolía, la llaga y la oportunidad.

Leer también: Lo siniestro, la envidia y la sonrisa

Más sobre el autor: https://es.wikipedia.org/wiki/Hern%C3%A1n_Urbina_Joiro

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